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Leí este libro hace bastantes años, pero sin duda es mi preferido o, por lo menos, uno de ellos. Como hice el otro día, os dejo con el argumento antes de ofrecer mi visión de la obra:


Las peripecias del adolescente Holden Cauldfield en una Nueva York que se recupera de la guerra influyeron en sucesivas generaciones de todo el mundo. En su confesión sincera y sin tapujos, muy lejos de la visión almibarada de la adolescencia que imperó hasta entonces, Holden nos desvela la realidad de un muchacho enfrentado al fracaso escolar, a las rígidas normas de una familia tradicional, a la experiencia de la sexualidad más allá del mero deseo.


Creo que esta novela me atrapó desde el principio porque, a medida que la lees y sin darte cuenta, acabas enamorándote de su protagonista, o por lo menos, sintiendo un intenso cariño por él, incluso ganas de protegerle. Y es curioso precisamente porque estamos lejos de una persona perfecta, todo lo contrario: Holden Caulfield no podría tener más defectos. Es mitómano, indeciso y depresivo, y no tiene ni idea de lo que quiere hacer con su vida. Y sin embargo, tiene algo que enternece, algo que hace que nos identifiquemos con él y vivamos sus penas y alegrías como si fueran las propias.

Holden está obsesionado con la hipocresía de la gente, y por lo menos en mi caso, me recuerda a cómo yo misma me siento la mayor parte del tiempo. Me encanta su frescura, sus momentos de absoluta idiotez (que pese a todo tienen un punto brillante), las ideas peregrinas y rocambolescas que surcan su mente. Adoro su amor incondicional por su hermana Phoebe (mucho más adulta que él pese a sus diez años) y cómo es capaz de ser feliz tan solo mirándola dar vueltas en el carrussel. De hecho, podría decirse que lo que siente por Phoebe es casi lo más sano y normal que hay dentro de Holden.

Me encanta cuando está en la pista de patinaje y piensa que podría dejarlo todo por irse con Sally, una chica con la que solía salir. La idea le viene a la mente incluso aunque es consciente de que ella no le gusta tanto, simplemente por lo que siente en ese momento concreto. Esa fantasía e idealismo me estrujan el corazón, hacen que me sienta como si fuera él, como si yo también sintiera su desencanto al ser enfrentado a la prosa de la vida, a la racionalidad, a esa fealdad grisácea de la que él pugna por huir aunque no pueda, pues tan rápido como llegan, esos momentos de ilusión y locura se desvanecen al darse cuenta de que los demás no piensan ni sienten cómo él. Me gusta hasta cómo se deprime imaginando el momento en el que la prostituta del hotel se compró la ropa que lleva: es otra prueba más de la inocencia y ternura del personaje.

Y es que en el fondo Holden no es más que un alma perdida, alguien que tal vez mienta de puertas para fuera, pero nunca a nosotros. Desde el primer momento nos convertimos en sus confidentes: no olvidemos que se trata de un narrador intradiegético (es decir, se dirige a nosotros a lo largo de todo el relato), y gracias a ello vemos en su interior con tanta claridad como si estuviéramos dentro de su cabeza. Es un personaje romántico, idealista y frágil, que en apariencia odia a todo el mundo, pero que se siente solo la mayor parte del tiempo (“Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz.”). Creo que Holden desearía no deprimirse, no sentir ese rechazo hacia los demás, pero no puede evitarlo. Es demasiado idealista, con lo cual indefectiblemente, la realidad acabará decepcionándole, por más que busque escapar de ella a toda costa.

El motivo más importante por el cual adoro este libro es su título. Para mí es lo mejor de la novela, lo que la convierte definitivamente en una de mis preferidas, como ya he dicho más arriba. Y la mejor forma de explicarlo es citar el libro directamente:

“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.”

Tal vez también a vosotros os parezca una locura, pero este párrafo me da ganas de llorar. Me parece tan absurdo, bello y desgarrador al mismo tiempo, pensar que alguien que en apariencia odia a la gente, que solo desea estar solo, que no sabe lo que quiere en la vida… en el fondo, lo único que quiera sea ayudar a los demás. Salvarles de caer por el precipio.

El mismo por el cual, en el fondo, él mismo lleva cayendo desde el principio de la novela.

Como curiosidad, hay cierta controversia en torno al libro: fue prohibido en diversas zonas de Estados Unidos por su supuesto lenguaje ofensivo (no estoy de acuerdo) y sus referencias a temas como la prostitución y el alcohol. Por si fuera poco, varios psicópatas célebres lo declararon como su favorito, entre ellos el asesino de John Lennon, quien adquirió un ejemplar del libro la mañana en que lo mató.

Mi nota del libro es un 10 sobre 10: no puede ser objetiva cuando se trata de Holden Caulfield. El libro me parece una obra maestra.

Si lo habéis leído y queréis compartir vuestra opinión, o si simplemente os ha gustado esta reseña, ¡no olvidéis dejar un comentario!

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