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Descubrí esta novela gracias a uno de los blogs que sigo. Dado que ya he leído a otros autores japoneses, como Haruki Murakami (de quien me declaro ferviente admiradora) y Banana Yoshimoto, decidí darle una oportunidad a este libro, y no me arrepiento para nada. Os dejo con la portada y el argumento:


El cielo es azul

Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de la mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase. Con una prosa sensual y despojada, Kawakami nos cuenta una historia de amor muy especial: el acercamiento sutil de dos amantes, con toda su íntima belleza, ternura y profundidad.


No sé qué tienen las novelas japonesas, pero me encantan. La absurdez de ciertas situaciones, que quizá por la diferencia cultural resultan incomprensibles para nosotros, la minuciosa descripción de las comidas, la sensación de silencio, belleza y elegancia que rodean a los protagonistas… no consigo decidir qué las hace tan especiales. Solo sé que si la misma historia que cuenta esta novela hubiera sucedido en España con personajes españoles, por poner un ejemplo, no me habría resultado ni la mitad de interesante. En realidad, mas bien creo que no me habría gustado nada.

El libro, en apariencia, es simple, pero contiene una esencia mucho más profunda. Ahorrándonos la cursilería y estereotipos de otras novelas del género, en “El cielo es azul, la tierra blanca” se nos narra la historia de dos personas solitarias que poco a poco van acercándose la una a la otra, necesitándose cada vez más, sin ser conscientes del todo, por lo menos al principio. La historia irradia una ternura exquisita, una delicadeza que se apodera de nosotros a medida que la leemos y nos va creando la sensación de estarnos fundiendo como chocolate caliente. La novela es lenta y no hay mucha acción, al margen de que la mayor parte de situaciones terminan de forma brusca, en ocasiones sin que comprendas muy bien por qué los personajes se comportan como lo hacen, pero aun así, te va atrapando poco a poco, provocando que no seas capaz de alejarte de sus protagonistas, de querer saber qué hacen, qué piensan, que sucederá a continuación.

En este libro se nos muestra un lado del amor que podría considerarse prosaico, pero que la propia belleza de la narrativa convierte en poético: dos personas de edades muy distintas que comparten comidas, bebidas, paseos… cosas completamente cotidianas, nada extraordinario o fuera de lo común, y encima por casualidad, pues los protagonistas solo se citan expresamente unas pocas veces a lo largo de toda la novela. Y sin embargo, algo comienza a crecer entre ellos, a convertir todas esas acciones simples en algo maravilloso… El amor, deslizándose de puntillas, envolviéndoles con sus dedos invisibles.

Esta es una novela llena de candor, de momentos divertidos, ridículos, a veces incomprensibles. Una historia plagada de reflexiones, de silencios, de tristeza, de soledad, de frustración y de risas. Se nos habla de un amor puro y contenido, casi invisible, que acaba explotando en una tormenta de delicados matices irisados, como un arcoíris surgiendo después de la tormenta.

Como la novela es corta, no quiero mencionar detalles demasiado concretos para no arruinaros nada. Solo diré que, si tuviera que describirla, lo haría comparándola a una nube esponjosa y suave, a un remanso de paz, al susurro del viento entre los árboles.

Os la recomiendo si guardáis en vuestro interior un espacio para la delicadeza y la inocencia, si os gusta leer sobre emociones reposadas que van creciendo poco a poco, y aún más si sentís admiración por la cultura nipona. No la leáis si esperáis la narración de un amor tormentoso, lleno de pasiones exaltadas y acción constante, porque os aburriréis seguro.

Doy a la novela un 8 sobre 10, y no sabría decir por qué pues la historia no es para tanto, pero me resulta de una belleza estremecedora, melancólica y elegante como todo lo que tiene que ver con la cultura japonesa.

Os dejo con una cita de la novela que muestra como, incluso describiendo una situación en apariencia muy simple, la autora consigue introducir conceptos más profundos y hacernos reflexionar sobre las relaciones entre las personas:

(…) Aquella noche bebimos cinco botellas de sake entre los dos. Pagó él. Otro día, volvimos a encontrarnos en la misma taberna y pagué yo. A partir del tercer día, pedíamos cuentas separadas y cada uno pagaba lo suyo. Desde entonces lo hicimos así. Supongo que no perdimos el contacto porque teníamos demasiadas cosas en común. No sólo nos gustaban los mismos aperitivos, sino que también estábamos de acuerdo en la distancia que dos personas deben mantener.

Si habéis leído esta novela, o gracias a mi reseña tenéis ganas de embarcaros en su lectura, no dudéis en dejarme un comentario 🙂

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