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Trepidante. Así describiría este libro, y ya os adelanto que me ha encantado. Antes de seguir, no romperé la tradición de dejaros con la portada y el argumento:


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«Yo estaba en Roma cuando Bob Ardlan me llamó. Para ser exactos: estaba con una mujer en Roma, cuando Ardlan me llamó. Así que cuando vi su nombre en la pantalla del teléfono pensé: “Qué demonios, Bob. No me llamas en una eternidad y vienes a estropearme el mejor momento del verano”. Y lo dejé sonar.

Dos días después, supe que Bob había caído desde el balcón de su mansión en Tremonte pocos minutos después de marcar mi número. ¿O tal vez le habían empujado? No me quedaba más remedio que pisar el acelerador del coche y plantarme allí para hacer unas cuantas preguntas.»

Un lugar idílico, bañado por la luz cegadora del Mediterráneo. Una galería de personajes estrafalarios, carismáticos y sospechosos. Un «quién-lo-hizo» a ritmo de thriller en el que todo el mundo puede ser culpable hasta que se desvele la verdad.


Leí algunas críticas de este libro (de lectores) y me sorprendió que hubiera varias negativas. Sé que cada uno tiene su gusto, pero a mí (que como sabéis, soy de lo más exigente con la novela negra) me parece bueno, espectacular en realidad. Ya conocía a este autor por otros dos libros (La última noche en Tremore beach y El mal camino, que me encantaron, sobre todo este último) y en cuanto vi que había sacado nuevo libro, me lancé de cabeza. ¡Y no me decepcionó!

La historia, como ya habréis leído en la sinopsis, arranca con la muerte de Bob, un reputado pintor de edad algo avanzada que resulta ser el ex suegro del protagonista. Lo que en un principio aparentaba ser una muerte accidental con una explicación muy clara (que el hombre simplemente perdió el equilibrio y cayó contra las rocas) se va complicando cada vez más a medida que Tom, el personaje principal, comienza a obsesionarse con que pudo ser un suicidio, o incluso un asesinato, movido por la culpabilidad de no haber respondido a la llamada de su amigo pocos minutos antes de su muerte.

Así, empezará a hurgar en los últimos meses de vida del difunto y se irá encontrando con detalles cada vez más escabrosos. ¿Qué llevó a Bob a obsesionarse con la muerte de una de sus modelos, una chica muy joven con la que se rumorea que tuvo una aventura? ¿Quién podría salir ganando con la desaparición de Bob, aparte de su hija, actual heredera de toda su fortuna? ¿Qué se esconde entre los lienzos que el viejo y seductor pintor guardaba en su taller? La lista seguiría y seguiría, pero por supuesto, no os quiero chafar la novela.

Como de costumbre, el autor organiza a la perfección los elementos de la trama y nos embarca en un viaje trepidante durante el cual vamos encontrándonos cada vez con más intrigas, como un laberinto que aumenta de tamaño página tras página. No te has recuperado de un susto o sorpresa que ya llega el siguiente. Por ello, el ritmo está muy bien llevado, podría decirse que el escritor se niega a soltarte ni un solo segundo, lo cual hace difícil dejar de leer.

Por otro lado, Santiago no descuida a los personajes en aras de la historia, pues todos son muy carismáticos: un protagonista que cae bien de forma automática (tal vez por su forma de expresarse o por el hecho curioso de que sea intérprete de jazz), femmes fatales (algunas conscientes de ello, otras en apariencia inocentes), así como todo un elenco de personajes sospechosos, entre los cuales circulan su marchante de arte, una vieja gloria de la literatura, un granuja de medio pelo empeñado en forrarse a costa de la gente, millonarios que supuestamente eran amigos del difunto… entre otros muchos. Este es uno de los detalles que más me gustan de Mikel Santiago: que nos ofrezca tantos sospechosos, que no nos de un respiro en ningún momento de la historia y nos lleve  de la mano a través de una carretera llena de giros sorprendentes y misterios por resolver.

Hay ciertos detalles que me gustaría destacar y que refuerzan el clima de misterio de la historia, y es la fina línea que separa la realidad del mundo de los sueños o de los espíritus. Si bien no es una novela de fantasía, hay ciertas trazas de surrealismo que resultan espeluznantes, y que tienen que ver con el pasado de Bob como periodista de guerra. También me gustó mucho el ambiente marinero en que se sitúa la historia, la descripción de los barcos, las playas y los cócteles de lujo de los ricachones que pueblan el lugar. Mikel Santiago siempre suele ofrecer entornos similares (multimillonarios, famosillos, genios de la música o del arte) y la verdad es que me gustan mucho sus descripciones y las realidades que conforma en sus novelas.

En resumen, no puedo hacer otra cosa que recomendaros encarecidamente esta novela. No me decepcionó nada de la historia: ni cómo está llevada, ni el final, ni ninguno de los personajes. Me apenó que terminara y desde luego, pienso seguir leyendo las futuras obras de este escritor, porque me parece un auténtico crack de la novela negra.

Como nota le pongo un 9: me ha encantado. El 10 lo reservo para los libros que me han marcado de verdad y con los que quizá soy poco imparcial, pero os aseguro que este libro merece la pena.

¿A qué estáis esperando para leerlo y dejarme vuestra opinión?

 

 

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