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Como recordaréis, tras cometer un error y comenzar la saga de Quirke por el séptimo libro (cuya reseña podéis leer AQUÍ)decidí leérmelos todos, empezando por el primero, El secreto de Christine. No obstante, paso directamente a haceros reseña del segundo, puesto que me parece más interesante, al margen de que tuve la mala suerte de que el  primero retomaba el tema del séptimo (el que acababa de leer, vaya), con lo cual se me hizo algo repetitivo. Sin más dilación, asomémonos al argumento y la portada de la segunda entrega de la saga, El otro nombre de Laura:


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Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.

Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.


Si bien es cierto que, al estar ahora mismo leyendo el tercer libro de la serie, todo empieza a sonarme algo repetitivo, no pienso dejar de leerlos. Hay magia en la pluma de Benjamin Black (alias John Banville) y solo por ello merece la pena sumergirse en sus obras, incluso aunque en este caso sean siempre los mismos escenarios y situaciones.

Años 50, lluvia, niebla que se confunde con el constante humo de los cigarrillos, políticos y miembros del clero de dudosa reputación, gente poderosa y malvada, abortos, prostitución, chantaje, alcoholismo… Al final todo es un poco lo mismo, pero los personajes que el autor recrea nunca pierden interés. En todos ellos hay un laberíntico universo de matices; cada gesto, cada detalle está descrito con una precisión minuciosa y una delicadeza casi extenuante para los sentidos. La prosa de Banville es un auténtico regalo, un estremecimiento que sacude nuestra alma y jamás deja indiferente. El autor es capaz de recrear imágenes de una nitidez sorprendente gracias a sus descripciones, utiliza metáforas que a mí no se me habrían ocurrido ni en un millón de años y que me dejan sin aliento por su genialidad.

Pasando ya a lo concreto, en esta segunda entrega se nos narra la historia de Laura a dos tiempos: por un lado, tenemos el presente, cuando aparece muerta en el río, al cual supuestamente se arrojó para suicidarse, y por otro, el pasado, en el que se nos permite asomarnos a su vida desde que era pequeña hasta su temprana muerte. A lo largo del relato, que conjuga temas como los negocios turbios, la prostitución y la pornografía, toparemos con personajes de lo más interesantes. Así conoceremos a su marido Billy Hunt, ex compañero de Quirke en la facultad de medicina y marido de la difunta; el socio de Laura, Leslie White, un hombre delgado y pálido como un fantasma, cuya cabellera plateada, lejos de restarle atractivo, le proporciona un aire enigmático; y por último, un fascinante doctor de origen indio con el que Laura se encontraba a veces para practicar meditación (sin demasiado éxito).

La novela arranca cuando Billy se reencuentra con Quirke para pedirle que haga lo posible para que no se le practique la autopsia a su esposa, según él porque no podría soportar que la abrieran en canal, aunque a mí me pareció que el hombre tenía motivos ocultos desde el primer momento. Quirke le dice que hará lo que pueda, pero no puede resistirse a practicar la autopsia de todos modos, momento en que descubre un pinchazo en el brazo de Laura que le hará dudar de su supuesto suicidio y, como es habitual en el personaje, lanzarse a una investigación que pondrá su vida en peligro. Como de costumbre, recurrirá al inspector Hacket, un habitual de la serie, para que le ayude.

Lo que Quirke no sabe es que su hija Phoebe, otro personaje recurrente de la colección, se verá asimismo implicada en el asunto al conocer a Leslie White, por quien sentirá una atracción tan irresistible y desesperada como la que sintió la difunta Laura, quien fuera amante suya. A través de las dos líneas temporales de la obra, iremos viendo como este dandi de pacotilla enreda a ambas mujeres en su telaraña, aunque por suerte Phoebe es más inteligente que la primera y no se dejará arrastrar al abismo.

El otro nombre de Laura nos hace entrar en un mundo misterioso y oscuro, con personajes asombrosamente vivos, que respiran a través de las páginas y parecen tirar de nosotros para que caminemos por ese Dublín a la vez sórdido y puritano de los años 50, envolviéndonos en un manto de noche y de bruma. Quiero destacar en especial a Leslie White, trazado de forma impecable por  Banville, tan real que casi me parece verlo con su porte altivo y elegante, su espectral cabellera blanca, sus hermosos rasgos y sus gestos lánguidos. También me encantó el personaje de su ex mujer, cuyo nombre ahora no alcanzo a recordar: su forma de comportarse y de hablar, así como los encuentros que tiene con Quirke y el clima que se crea entre ambos.

El único defecto que le encuentro a la novela es que hay partes que, al menos a mí, me resultaron bastante opacas. Por ejemplo, los detalles de la clase de negocio que montaron Leslie y Laura en el salón de belleza. Creo haber entendido que se trataba de algo indecente, posiblemente relacionado con la prostitución (al margen del tema de las fotos pornográficas, que no desarrollaré para no chafaros más la historia), pero tanto eso como ciertos aspectos del particular “método” del doctor indio no quedan demasiado claros, o solo se entienden al final de todo, cuando ya llevamos todo el libro un poco perdidos. Aun así, creo que hay detalles que se me escapan, y no es la primera vez que me sucede con los libros de esta saga, así que deduzco que el autor prefiere más bien insinuar las cosas y dejar que sea el lector quien llegue a sus propias conclusiones.

En suma, otra gran obra de John Banville (se me hace raro llamarle por su pseudónimo Benjamin Black), entretenida y apasionante. Como nota final le doy un 8, y os la recomiendo tanto de forma aislada como si os apetece embarcaros conmigo en la lectura de toda la saga.

 

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