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Este libro me ha fascinado y decepcionado a partes iguales. Estuve varias semanas esperando antes de hacerme con él y tal vez me lancé sobre su contenido con demasiadas ansias. Y ya se sabe lo que pasa cuando las expectativas son demasiado altas… Antes de nada, vamos a ver qué pinta tienen la portada y el argumento:


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Patricia Ayala llega a una pequeña isla de origen volcánico situada al sur de Madagascar atraída por un trabajo muy bien pagado: atender a una anciana de frágil salud. Su intención es permanecer allí algún tiempo, el suficiente para ahorrar todo lo que pueda y olvidar una de esas relaciones que hacen de la vida de pareja lo más parecido al infierno en esta tierra.

La anciana Rose Hansson vive retirada en una residencia que la gente del lugar conoce como La Construcción, situada junto a una laguna cuyas aguas penetran las habitaciones centrales a través de canales y piscinas. Patricia intenta adaptarse a las peculiares costumbres de la anciana y del personal de servicio que la rodea. A Rose le gusta que Patricia se bañe en la laguna enfundada en un bañador blanco. Que nade hasta la torre medio derruida que se alza en el centro de las aguas. Que arroje al agua las naranjas que llenan los cestos alineados en la orilla.

Hasta que un día, mientras se aleja del agua después del baño, Patricia ve que alguien devuelve las naranjas a sus pies. Todos los animales han enmudecido. Solo se oye un gemido, el canto dulce de alguien que conociera la infinita soledad de las criaturas. Y Patricia sucumbe al extraño mundo de Rose Hansson y al gran secreto que esconde La Construcción.


Como os comentaba más arriba, mis impresiones respecto a esta novela son en cierto modo ambivalentes, podría decirse que me ha dejado con un sabor agridulce.

Ante todo, destacar el exquisito uso del lenguaje que el autor utiliza: las comparaciones son sencillamente sublimes, tanto que me he visto obligada a copiaros diversos fragmentos para que os quedéis tan estremecidos por su belleza como yo:

“En aquel lugar no parecía existir el crepúsculo, y el paso del día a la noche era repentino como la muerte.

En la parte trasera del coche había algo suelto que hacía un ruido extraño al entrechocar con la carrocería. Parecía un pájaro batiendo las alas.”

Un arroyo se precipitaba entre las rocas, y el agua al caer se transformaba en una neblina que se perdía entre la vegetación como olas de vapor ondulado por el viento.

A nivel de narrativa y tempo, el libro es maravilloso, en cuanto a eso no tengo ninguna crítica, pues aunque la historia carece de estructura propiamente dicha (los meses van pasando sin pena ni gloria con bastante rapidez), en ningún momento se hace pesada o aburrida, y creo que esa misma tendencia caótica es una parte indispensable de la esencia de la novela.

Los personajes no terminan de ser demasiado creíbles, especialmente Patricia, la protagonista, a causa de su excesiva ingenuidad o tal vez debería llamarlo pasotismo, pero al mismo tiempo, presentan un esquema psicológico complejo, y sumergirnos en las profundidades de sus mentes no deja de ser un ejercicio delicioso y placentero. Me gustó el choque cultural entre los blancos y negros de la isla y cómo se relacionan de forma distinta: ciertos comportamientos que a nosotros nos parecerían reprochables, para ellos son naturales y espontáneos.

En cuanto al punto de vista, resulta de lo más curioso, dado que la primera parte (y creo que la última también) están narradas en segunda persona, como si alguien nos explicara lo que nosotros mismos hicimos, lo cual nos incluye en la historia de una forma que pocas novelas consiguen. Me recordó a aquellos libros de Elige tu propia aventura que leía de pequeña, si bien, naturalmente, aquí no se nos permite escoger nada, simplemente somos protagonistas y a la vez testigos de la narración.

Os estaréis preguntando qué fue lo que me decepcionó si hasta ahora entre mis comentarios ha habido más alabanzas que críticas… pues bien, fue precisamente la historia en sí. Me pareció poco original y previsible, un poco al estilo de cuento infantil como La Bella y la Bestia, o quizá, más bien como la película La forma del agua, recientemente ganadora del Oscar a mejor film y, bajo mi punto de vista, sobrevalorada en exceso. No me convenció en absoluto, por ejemplo, que la protagonista nunca insistiera sobre las rarezas de la casa en la que vivía, como el tema de las naranjas (entenderéis a qué me refiero si leéis la novela). En el libro se nos menciona que interroga a la gente y ellos se hacen los locos, pero en ningún momento se ve que pille por banda a Rose (la anciana a la que cuida) y la someta a un verdadero interrogatorio.

También vi un poco raro cómo, pese al supuesto interés que le provocaba la torre derruida en el centro de las aguas, al final Patricia no convenciera a su amigo nativo para que la ayudara a explorarla, ya que por su falta de experiencia buceando temía quedarse sin aire, o cómo ella misma muestra una indolencia y frialdad sorprendentes cuando el chico desaparece (no entraré en detalles para no chafaros más el libro).

Podría decirse que la sensación que me produjo la historia, sobre todo la forma de vivir las cosas por parte de Patricia, fue algo así como un sueño, o como alguien que avanza a tientas, con unas gafas de cristales desenfocados que no le permiten distinguir bien el contorno de las cosas. Toda la novela transmite un aire onírico, una atmósfera de pesadez, de atontamiento, de agobio y de duda, entre el calor pegajoso de la isla y los misterios inexplicables, no solo el de las naranjas sino también el de las desapariciones de Rose, que en ocasiones se recluye en su habitación durante días y no hay forma de comunicarse con ella.

Admito que otra causa de desencanto fue la falta de detalles sobre la criatura que vive en el agua, así como la profunda aversión que me produjo en todo momento, tal vez por su falta de humanidad. Por más que el autor intente que lo comprendamos o sintamos, tal vez, cierta ternura hacia él, a mí solo me causó rechazo y una total falta de empatía. No llegué a entender qué pretendía, qué sentía, en qué consistía su existencia y de dónde diablos había salido. No me gusta cuando un libro presenta un misterio ancestral de este calibre y luego todo son cabos sueltos y sinsentidos.

Pese a los defectos que le veo a la trama y la decepción que me supuso el desenlace, debo admitir que disfruté con la lectura de La ofrenda, pues la forma de narrar y el lenguaje son demasiado seductores, quizá por eso me da todavía más pena que al final la historia no fuese lo que yo esperaba.

Como nota final le doy un 8 sobre 10: pese a los fallos que le veo a la historia, es posible que en el futuro vuelva a leerla y le dé otra oportunidad, ni que sea por volver a empaparme de nuevo de las exquisitas sensaciones que me produjo.

¿Alguno de vosotr@s ha leído La Ofrenda? ¿Os recordó también a La forma del agua o quizá encontrasteis en ella matices muy distintos? Me encantará leer vuestros comentarios, y como siempre…

 

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