Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Después de haber leído La dama número 13así como Clara y la penumbra, cuyas reseñas podéis leer haciendo click en cada título respectivamente), era evidente que no tardaría en leerme otra obra de este magnífico autor. Y puedo afirmar rotundamente que, para variar, no me ha decepcionado en absoluto.


51YdaddpW-L._SX327_BO1,204,203,200_

Madrid. Un brutal atentado terrorista. Un futuro desolador. El Espectador, el mayor y más salvaje homicida de todos los tiempos, anda suelto. La policía va en su búsqueda. Los métodos policiales han cambiado. La tecnología no funciona. Tiene que buscar dentro, en la mente, en los deseos del asesino. Para ello utilizan cebos, expertos en conductas humanas, entrenados para conocer las filias de los delincuentes y manipularlas a través de máscaras. Diana Blanco es la mejor, la más preparada, la única que puede atrapar al Espectador. Cuando la protagonista descubra que su hermana ha sido secuestrada por el asesino, iniciará una carrera contrarreloj para salvarla que la conducirá a la guarida del monstruo. A partir de este momento se desencadena un trepidante juego de sospechas que llevará a la protagonista a un sorprendente final lleno de acción y erotismo.


Creía que José Carlos Somoza ya no podría sorprenderme más, sobre todo después de haber leído dos novelas suyas que sobrepasan por completo todo lo que he leído hasta la fecha a nivel de inventiva y originalidad. Y sin embargo, ha logrado hacerlo, es más: diría que El cebo es mi preferido de los tres suyos que he tenido el gusto de leer, o mejor dicho, devorar.

Haciendo gala de su prodigiosa imaginación, el escritor nos introduce en una versión irreal y futurista de la sociedad madrileña. Tras ser víctima de un brutal atentado que asoló las vidas de 10.000 personas, la ciudad decidió que había llegado la hora de modificar las técnicas policiales… solo que en secreto. Y es que nadie, excepto quienes trabajan para esta particular “policía” y los propios criminales, conocen su existencia.

Su modo de trabajar se basa en las teorías de cierto psicólogo, quien estableció que todo ser humano es adicto a una determinada filia, la cual clasifica a las personas según una serie de “psinomas”. Dicho psinoma condiciona por quiénes nos sentimos atraídos a lo largo de nuestra vida, tirando por tierra nuestra actual concepción del amor, que según las teorías del libro, no existe: no es más que la fantasía que nos montamos al dejarnos llevar por nuestro deseo, sin ser conscientes de lo prosaico y lineal que es su origen.

Os voy a poner un ejemplo para que lo entendáis, porque explicado así suena muy confuso. Imaginad que yo estoy emparejada con alguien porque creo que esa persona tiene una serie de atributos (físicos o psicólogicos) que me atrajeron en su momento. Pero en realidad, resulta que tengo una filia específica que, sin que yo tenga control ni elección posible sobre nada, provoca que en una determinada situación, pueda enamorarme de cualquier persona del mundo, sin que importe en absoluto ningún detalle que le pertenezca de forma intrínseca: ni sus rasgos, ni su raza, orígenes, forma de hablar, personalidad o acciones.

En cambio, mi filia tal vez me haga enloquecer cuando veo un cuadrado blanco sobre fondo negro, y un día, la persona de la que creía estar “enamorada”, llevaba una camisa blanca, estaba en un pasillo negro e hizo un gesto con los brazos que semejaba un cuadrado… justo cuando yo la miré. ¿Me seguís? Suena de lo más absurdo y confuso como ocurre siempre con los libros de Somoza, y siento ofreceros este ejemplo tan chapucero, pero os aseguro que resulta muy difícil de explicar.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si una persona, conociendo estos datos sobre mí, los aprovechara para controlarme…?

Eso es precisamente en lo que consiste el trabajo de los “cebos” o policías especializados en la psique humana, personas capaces de realizar lo que se conoce como máscaras: una serie de gestos, atuendos y expresiones faciales que, combinadas con un determinado entorno o atmósfera, pueden “enganchar” a los sospechosos de un crimen.

Con enganchar, el autor se refiere básicamente a enloquecer de deseo, hasta tal punto que la persona puede llegar a ser anulada por completo, víctima de su propio delirio. Así pues, estas máscaras son las armas más mortíferas que pueden existir, y para ser capaces de realizarlas, los cebos personas de orígenes turbios o inciertos que son recaptadas en su infancia o adolescencia temprana deben seguir un arduo y complicado adiestramiento, así como poner su vida en peligro constantemente. No son pocos los que han “caído al foso”, sinónimo para el caso en que un cebo pierde la cordura al ser víctima de su propia medicina. Y es que una máscara llevada al límite, como comentaba más arriba, no solo puede llegar a inmovilizar a una persona, sino que puede hacer que pierda la cabeza por completo, y que permanezca para siempre en un estado similar a la catatonia.

Como ya estáis viendo, una vez más vamos a necesitar un tiempo para habituarnos a todas estas nuevas palabras, y es que en los libros de Somoza, el vocabulario cobra siempre una dimensión importante (un poco como en La naranja mecánica). Y si ya hemos leído otras obras del autor, como en mi caso, tampoco se nos hará extraña la habitual mención a Shakespeare: según la ficción futurista propuesta por la novela, sus obras fueron claves para el estudio y clasificación de los psinomas existentes.

Sé que todo suena un poco paranoico y extraño, sobre todo al principio, pero os recomiendo que no caigáis en la frustración y tengáis paciencia, pues siempre sucede así con las obras de este escritor. Por propia experiencia, os aseguro que, en cuestión de varios capítulos, os habréis adaptado por completo, y estaréis tan “enganchados” al argumento como las víctimas a las máscaras de los cebos.

Centrándonos en la historia en sí, la protagonista, Diana Blanco, no me cayó nada bien, aunque su hermana pequeña me resultó aun peor. Ambas son presuntuosas y arrogantes, aunque solo la primera tiene derecho realmente a vanagloriarse de su destreza, pues mientras su hermana es una mera advenediza, Diana es uno de los cebos más valiosos y respetados de la policía. Sin embargo, para la consternación de todos, ha decidido retirarse para poder centrarse en su propia vida y disfrutar más de su pareja (otro ex cebo como ella), si bien la chica no ande convencida del todo en el momento en que la novela arranca.

Es entonces, justo cuando ya está metido en todo el proceso de pre-jubilación (pese a no llegar a los treinta años)… cuando su hermana desaparece, y todo apunta a que podría haber sido secuestrada por El Espectador, un asesino en serie que todo el departamento anda desesperado por atrapar. El mundo de Diana se pone entonces patas para arriba, enfrentándola a un espantoso dilema: ¿debe retirarse como había decidido… o continuar con su labor como cebo para salvar a su hermana?

No tardará en tomar la decisión más lógica: ella es la única capaz de atrapar a ese monstruo, así que no le quedará otra opción que regresar a la palestra. Sin embargo, la sección de la policía para la que trabajaba no lo tiene tan claro: los de arriba solo están dispuestos a concederle tres días para atrapar al Espectador, pues Diana ya debería estar oficialmente retirada.

El problema es que nada es lo que parece en este caso, y una vez la joven reciba toda la información que los agentes han sido capaces de reunir hasta el momento sobre el criminal, se percatará de un detalle curioso: resulta casi imposible catalogar su psinoma, cuando se supone que debería ser tan simple como calcular una fórmula matemática…

La cuestión es… ¿por qué no lo es?

Si queréis averiguarlo, tendréis que leer el libro 🙂

Pasando ya a analizar el contenido general, debo comentar que hay un aspecto que no me gusta tanto de las novelas de Somoza, y es su lado levemente gore. Las descripciones de los asesinatos o de ciertos hechos pueden llegar a ser en exceso crudas, despiadadas y sangrientas, pero admito que tal vez, sus obras no serían lo mismo sin ellas.

Otro defecto suyo, bajo mi humilde punto de vista, sobre todo en este libro, son sus finales algo precipitados y absurdos. Sucede un poco como con Murakami: el desarrollo de la historia roza la obra maestra, pero el desenlace suele ser un bodrio, sobre todo en comparación con el resto. No es tanto el caso de Somoza sus finales no siempre son tan terribles, pero sí carecen del nivel del resto, y a veces pecan de falta de verosimilitud.

Por último, admito que tampoco soy demasiado fan de sus diálogos, en ocasiones algo forzados, incluso pomposos, pero no dudo en pasar por alto todos estos aspectos por la calidad de la historia y la apabullante imaginación del autor.

Mi nota final es un 9 sobre 10, y os recomiendo El Cebo si os gustan las historias rocambolescas, las sociedades futuristas y los crímenes violentos.

 

 

 

Anuncios