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Acabo de descubrir con sumo horror que no tengo NINGUNA reseña de Haruki Murakami todavía, y eso que es uno de mis autores preferidos. Así que me he dicho “Esto hay que remediarlo”, y que mejor manera que ofreciéndoos mi opinión sobre su última novela, La muerte del comendador. ¿Os apetece embarcaros en un viaje por la fascinante mente de este autor japonés? ¡Solo tenéis que seguir leyendo!


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En plena crisis de pareja, un retratista de cierto prestigio abandona Tokio en dirección al norte de Japón. Confuso, sumido en sus recuerdos, deambula por el país hasta que, finalmente, un amigo le ofrece instalarse en una pequeña casa aislada, rodeada de bosques, que pertenece a su padre, un pintor famoso.

En suma, un lugar donde retirarse durante un tiempo. En esa casa de paredes vacías, tras oír extraños ruidos, el protagonista descubre en un desván lo que parece un cuadro, envuelto y con una etiqueta en la que se lee: «La muerte del comendador». Cuando se decida a desenvolverlo se abrirá ante él un extraño mundo donde la ópera Don Giovanni de Mozart, el encargo de un retrato, una tímida adolescente y, por supuesto, un comendador, sembrarán de incógnitas su vida, hasta hace poco anodina y rutinaria.

Este primer volumen de la novela La muerte del comendador es un fascinante laberinto donde lo cotidiano se ve invadido de señales indescifrables, de preguntas cuya respuesta todavía está lejos de vislumbrarse. El lector, al igual que el protagonista, deberá permanecer muy atento.


Os adelanto nada más empezar que esta no va a ser una reseña demasiado imparcial. Obviamente, al ser este un blog de reseñas en el que doy mi opinión particular sobre los libros que leo, mis críticas nunca son exactamente imparciales, pero en este caso menos aún, porque estoy enamorada de la pluma de Haruki Murakami desde el primer libro suyo que leí (no recuerdo si fue Kafka en la orilla o Tokio Blues, me hago vieja). Admito que algunas de sus obras me han decepcionado/gustado menos, pero no es el caso de La muerte del comendador.

Se trata de una novela excelente, ya no tanto por lo que sucede sino por cómo se nos explica, como suele ocurrir con las novelas de Murakami, plagadas de toques humanos que las hacen irresistibles y nos acercan a los personajes. Resulta curioso cómo, pese a formar parte de una cultura tan alejada de la mía, el autor me dé la impresión de estar dentro de mi círculo de amistades más cercano. Su forma de narrar las cosas destila sencillez y cercanía, permitiendo que en todo momento nos identifiquemos con los protagonistas.

Los personajes de Murakami son siempre impecables, con mucha profundidad psicológica y amplios detalles sobre su aspecto y entorno: estudios, trabajo, lugar de residencia, familiares, relaciones… Normalmente, en sus novelas se vuelve adelante y atrás sin cesar, contándonos anécdotas de los personajes, episodios muy concretos de sus vidas, tengan o no una relación o impacto en el presente. Así, podría decirse que sus obras tienen, por un lado, la trama principal y, por el otro, un compendio de múltiples historias salpicadas de detalles extravagantes e incluso rocambolescos.

Así, según esta costumbre que os comentaba, en La muerte del comendador  se entremezclan una serie de hechos medio fantasiosos o llamémosle intrigantes que tienen lugar en el presente, junto con recuerdos del protagonista, que realiza flashbacks constantes para ir dándonos pinceladas de su pasado.

El protagonista es un hombre joven, aún por debajo de los 40, cuya separación reciente le ha dejado deprimido y desorientado. Sin saber muy bien adónde conducir sus pasos ni cómo encauzar su nueva vida de soltero, decide dejar su empleo de retratista profesional y embarcarse en un viaje a lo largo del país. Una vez se cansa de ir de un lado para otro, decide aprovechar la oportunidad que le presenta un amigo (o quizá más bien conocido) de instalarse en una cabaña que este posee en mitad del bosque. En ella había vivido anteriormente el padre de este chico, que da la casualidad de ser un pintor de reconocido éxito, ya no solo en Japón sino a lo largo y ancho del mundo, y que en la actualidad se halla ingresado en una clínica para la tercera edad (no recuerdo si tiene demencia senil o Alzheimer).

Al poco tiempo, explorando la casa, descubre una buhardilla inesperada, y en ella, un cuadro inédito del pintor, bien envuelto en una tela. El descubrimiento, sin que él hubiera podido siquiera imaginarlo, desencadenará toda una serie de sucesos extraños, como trabar amistad con su vecino, un hombre de lo más peculiar que le encargará la realización de un retrato, y experimentar toda una serie de eventos sobrenaturales.

Podría daros más detalles pero prefiero no hacerlo, pues creo que uno de los ingredientes que configuran la magia de los libros de Murakami es, precisamente, no tener ni idea de lo que va a ocurrir. Solo os diré que me gustaron mucho las descripciones sobre el trabajo del protagonista, y cómo se nos explica que sus retratos no se basan únicamente en el aspecto físico de las personas que se los encargan, sino que incluyen asimismo matices de su personalidad.

A mucha gente tal vez le parecerá que las novelas del autor japonés están llenas de detalles absurdos, que sus desenlaces suelen ser en exceso abiertos o que muchas veces no se entiende el significado de la mitad de lo que sucede… pero a mí me encantan. Los comentarios demenciales que sueltan los personajes sea en el hilo de sus pensamientos o en las conversaciones que mantienen con otros me hacen desternillarme, y al mismo tiempo, las reflexiones que comparten con nosotros me tocan en lo más hondo, pues son sabias y estremecedoras. El autor es capaz de soltar auténticas salvajadas e  intercalar diálogos sin demasiado sentido para, unos párrafos después, deslumbrarnos con una metáfora brillante o una lección sobre la vida de esas que dejan huella.

En el caso de La muerte del comendador, no podían faltar estos detalles o conversaciones absurdos, aunque tal vez en menor medida que en otros libros. Sigue habiendo cuidadas descripciones de los rituales diarios del protagonista, incluso de la comida que se prepara, detalle que nunca falta en las novelas de Murakami, junto con la música (mayoritariamente jazz o clásica) y las bebidas alcohólicas (normalmente whiskey, muchas veces de la marca Cutty Sark o Single Malt). Como digo siempre, Murakami es una de las pocas personas capaz de describir cómo un personaje se bebe un vaso de agua y lograr que resulte apasionante.

¿El único defecto que le veo? ¡Que aún no ha salido al segunda parte en España! Y es que me muero por continuar con la historia y descubrir qué le ocurre al protagonista.

He leído por ahí que quizá le den el Premio Nobel a Murakami, y en mi opinión se lo merece. No tengo palabras para expresar lo mucho que me gustan sus novelas y la pena que me da haberlas leído ya casi todas (me deben de faltar un par de contenido más autobiográfico como los libros sobre el terremoto y el ataque terrorista al metro de Tokio, y Sauce ciego, mujer dormida, que nunca terminé porque extrañamente me aburría). Solo me queda desear que el autor sea muy longevo y que, como Gabriel García Márquez, siga escribiendo novelas hasta casi los 90 años.

Le doy a esta novela un 9 sobre 10, y no es que os la recomiendo, es que casi os hostigo para que os la leáis cuanto antes 🙂 Muy especialmente si os gustan las historias con toques de intriga de tintes fantásticos y los personajes memorables llenos de detalles curiosos.