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Tenía este libro en mi Kindle desde hacía siglos y no me había decidido a leerlo, pues tras leerme del tirón casi toda la saga de Quirke (dos de cuyas entregas reseñé AQUÍ  y AQUÍ), confieso que estaba un poco saturada de Benjamin Black. Bueno, quizá no tanto de su estilo literario, que me apasiona, sino más bien de la Irlanda de los años 50, las brumas junto al río y los delitos eclesiásticos.

Sin embargo, ahora que ha pasado una buena temporada sin leer nada del maravilloso John Banville (verdadero nombre del autor) me dije que ya iba tocando volver a clavarle las zarpas a otra de sus novelas. ¿Queréis saber si me gustó tanto como las de Quirke…? ¡Solo tenéis que seguir leyendo!


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Una de las primeras cosas que el joven inspector Strafford detecta al empezar a investigar la muerte del reverendo Lawless es el carácter novelesco, como de obra de Agatha Christie, del escenario y los personajes que tiene ante él: el cadáver hallado en la biblioteca de la mansión de los Osborne, el coronel proverbialmente envarado, su lánguida y evanescente esposa, la hija en rebeldía… Casi parece una puesta en escena.

Pero el cadáver del sacerdote es real, y su brutal castración, también. La espesa nieve invernal que ha cubierto el paisaje irlandés de Wexford no puede ocultarlo todo. Y el comisario Hackett, viejo conocido de los lectores de la serie de Quirke, da el primer aviso: Strafford, a medida que indague más y más, descubrirá que hay poderes que quieren mantener en secreto lo ocurrido.

Benjamin Black se sumerge de nuevo en la Irlanda de los años cincuenta e inicia una nueva serie, con su inimitable estilo y su don para crear ambientes y personajes fascinantes. Y con un nuevo protagonista: Strafford es desgarbado, protestante, abstemio… «Era solo cuestión de tiempo antes de que le dijesen que no parecía policía, pero lo que querían decir era que no parecía un policía irlandés».


Me sabe fatal decirlo, pero este libro me ha parecido malo no, lo siguiente. La historia ya de entrada es típica hasta la náusea y se ve venir el desenlace desde el primer momento, pero es que encima los personajes y situaciones son un calco de las que vemos en las novelas de Quirke, solo que desprovistas por complejo de su magia, como si fueran meros fantasmas o sombras de estas.

La historia es la siguiente: Strafford, un detective sin ningún tipo de carisma, aburrido y más soso que el pan sin sal, recibe el encargo de investigar el peliagudo asesinato de un cura, el padre Tom, que fue acuchillado en el cuello y castrado en la mansión de los Osborne, una adinerada familia que reside en Wexford, una pequeña ciudad irlandesa. Allí, como os comentaba, sucederá un poco lo mismo que en todas las novelas del autor que he leído: un desfile de personajes extravagantes que parecen parodias de sí mismos, frío y nieve constantes, pistas que parecen no conducir a ninguna parte…

La cuestión es que en esta novela, los personajes no poseen ningún tipo de gancho: son arquetípicos y planos, no hay sentido alguno en sus acciones, y lo que es más, el poco interés que podrían suscitar en determinadas situaciones desaparece en cuanto vemos que no hay continuidad en la historia. Me explico: leyendo este libro, me he sentido frustrada todo el tiempo, dado que la mayor parte de escenas o “historias” quedaban inacabadas. Diálogos de besugo fragmentados, interrogatorios que parecen propios de un aficionado y no de un supuesto inspector de policía, situaciones inverosímiles cogidas con pinzas que ni se entienden en el momento, ni tienen ninguna explicación al final…

Al final, podría decirse que el único modo de justificar la mayor parte de escenas que se dan en la obra es que todos los personajes (o la mayoría) están chiflados por completo y Strafford es el único cuerdo. Aunque bueno, permitidme que también dude de la estabilidad mental del joven inspector, pues su atolondrada forma de comportarse, la chapucera investigación que conduce y la incoherencia de sus actos me hicieron preguntarme en todo momento si era de verdad un policía o un deficiente mental que se había escapado de alguna parte para entrar en esta especie de sainete que es la historia.

En cuanto a la estructura, tampoco me convenció mucho, pues se me antojó caótica, como si avanzáramos a ciegas a través de una ventisca de nieve. Uso a propósito esta metáfora dado que el propio inspector Strafford (el protagonista) menciona sentirse así, perdido y luchando contra los elementos en su incapacidad de hallar pistas que se sostengan y que puedan formar una base sólida para la investigación, pero… que queréis que os diga. Quizá el autor pretendía pasar de un tema a otro sin ton ni son para desconcertar al lector y que se sintiera tan aturullado como el policía, pero a mí no me gustó esta tendencia a dejar a medias las situaciones y disponer las escenas de forma que uno no pueda formarse una idea clara de los sucesos. Podría decirse que la impresión que nos da es que el protagonista va dando tumbos por la historia, chocando contra las paredes como una peonza, con una venda en los ojos y tapones en los oídos, porque incluso cuando halla una posible pista, deja que esta se le escape entre los dedos y, en lugar de perseguirla, se da por vencido a la primera.

Esta novela me ha decepcionado y aburrido terriblemente. Para colmo, ni siquiera tenía el aliciente del desenlace, pues se veía venir desde el principio por dónde irían los tiros. Si lo he terminado ha sido más que nada por no dejarlo a medias, y porque el delicioso lenguaje que utiliza el autor vale la pena, pero si no… Centrándome en este aspecto algo más positivo para no ofreceros tan solo detalles negativos de la novela, deciros que Black (Banville) hace malabarismos con las palabras, ejecuta metáforas de una brillantez deslumbrante y en general siembra la obra con un placentero sendero de imágenes y comparaciones que, en medio del tedio de la historia, supuso para mi aletargado cerebro un consuelo y un soplo de aire fresco.

Por lo demás, poco puedo decir de este libro. No me interesa en particular la crítica a la iglesia, pese a que soy atea convencida y decir que esta institución me disgusta se queda en un mero eufemismo, pero considero que los abusos eclesiásticos son un tema ya muy manido. E incluso si el autor quería seguir insistiendo sobre el asunto (porque parece que no tiene otro), podría haberlo enfocado de otro modo, haber llenado las páginas de personajes vivos e interesantes, y no de ricos excéntricos que siempre son comportan con una mezcla de pomposidad, locura y frialdad, algunos de ellos mostrando siempre algún tipo de conducta soez con el propósito de escandalizar o tan solo porque les falta un tornillo (o varios).

No voy a mencionar los personajes uno por uno porque no creo que valga la pena perder más mi tiempo hablando de aquello que no me han gustado. El resumen es que, tal y como dice el mismo inspector en la historia, todos se comportan como si estuvieran interpretando una obra de teatro. Este detalle, lejos de resultar original o atrayente, lo convierte todo en una farsa caótica y descabellada donde ningún comportamiento ni diálogo resultan naturales. Antes os comentaba que el inspector parece un simple aficionado, y es que no hay ni uno solo de sus interrogatorios que dé fruto, y no solo porque los personajes sean cansinos y enloquecedores con sus respuestas vagas y su pasividad ante la muerte del cura, sino que el propio inspector no es capaz de sonsacarles ni conducir la conversación por el cauce correcto en ningún momento.

Le doy al libro un 5 sobre 10, un aprobado raspado, y eso porque considero que el autor escribe muy bien, pero por lo demás… Ahora mismo incluso se me han quitado las ganas de volver a leer ninguna obra suya.

No os lo recomiendo, a menos que os interese en extremo el tema de la iglesia en Irlanda (sobre todo las diferencias entre católicos y protestantes en cuanto a costumbres y poco más) o deseéis simplemente dejaros acariciar por las sutiles filigranas del lenguaje de John Banville. Pero yo ya os digo que, desde mi punto de vista, para eso mejor optad por cualquier otro de sus libros… me lo agradeceréis.

 

¿Habéis leído alguna novela de Benjamin Black o, tal vez, preferís al autor en su faceta de John Banville? ¿Qué opináis del desenlace de Pecado, y de las metáforas y gráficas descripciones que utiliza el autor?

Como siempre, os agradezco vuestros comentarios y estrellitas si os ha gustado la reseña 🙂

 

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