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Encontré este libro en una de mis cazas por el FNAC. No me sonaba de nada el escritor, pero la portada me llamó la atención y, al leer la descripción, el argumento me atrajo bastante, de modo que decidí darle una oportunidad. ¿Queréis saber si cumplió con mis expectativas? ¡Solo tenéis que seguir leyendo!


Alguien dijo que los ángeles a menudo no saben si se mueven entre los vivos o los muertos. Y cuando se mueven entre los vivos a veces ocultan su rostro, huyen de nuestras caricias, se escabullen y desaparecen, dejándonos con la sensación de que, quizá, nunca estuvieron a nuestro lado.

Alejandro Ballesteros es un escritor cuya decadencia y falta de inspiración le han llevado a renegar tanto de sí mismo como del mundo que le rodea. Cuando, una noche de humo y alcohol, conoce a Lucía, siente que la vida vuelve a valer la pena, con todos sus instantes de misterio, de luz y de oscuridad, de pasión y de desengaños.

Pero, ¿quién es Lucía? ¿Quién es esa chica desgarbada y algo arisca que parece saberlo todo sobre él? ¿Cómo consigue anticipar sus deseos y apaciguar sus temores más ocultos? ¿Y por qué se resiste a confiar plenamente en él? ¿Qué episodios turbios esconde en su pasado?

La desaparición de Lucía marcará el inicio de una búsqueda febril y salpicada de revelaciones inesperadas por un mundo acechado de sombras, en el que Alejandro deberá sacar lo mejor de sí mismo para encontrar respuestas… que tal vez habría preferido no conocer. Un viaje al corazón del miedo en el que tendrá que moverse entre regiones cuya frontera sólo los ángeles pueden cruzar impunemente.


Me temo que voy a empezar por lo negativo, y es que la novela no me ha convencido nada, y si bien al principio la cogí con ganas, ha terminado dejándome bastante decepcionada e incluso molesta por la forma de narrar del escritor.

La historia no es exactamente como se explica en el argumento, pero por desgracia, no puedo daros muchos más detalles o me temo que os la destriparía bastante. Me limitaré a decir, como habéis leído en la sinopsis, que Lucía en la noche nos narra la búsqueda de una mujer desaparecida por parte de su pareja, Alejandro, un escritor venido a menos que ha vuelto a renacer gracias a ella.

Lo que el hombre no se esperaba es que, al poco de comenzar a investigar en el pasado de Lucía (su novia), se percatará de que esta le mintió en prácticamente todo lo que concernía su vida… Así, Alejandro se encuentra con las manos vacías y apenas un par de hilos de los que tirar para llevar adelante su investigación. Lo más importante para él será, sobre todo, decidir si de entre todas las mentiras que Lucía le contó, se encuentran también los supuestos sentimientos que la joven albergaba por él. ¿Era su amor tan puro y verdadero como ella se lo pintaba y como él mismo creía o, por el contrario, sería tan solo una treta urdida por esta misteriosa mujer para aprovecharse de él?

Como os comentaba más arriba, al principio este arranque me resultó enigmático y atrayente, pero a medida que avanzaba en la historia fui desencantándome. Diría que lo que más me sorprendió fue la falta de revisión, pues el libro está plagado de errores estilísticos graves bajo mi punto de vista. O quizá lo que ocurre es que el corrector era un inútil, pero me sorprende que lo publicaran tal y como está…

Y es que en el texto, si bien en general el escritor demuestra un uso correcto aunque muy florido del lenguaje, se repiten sin cesar palabras y expresiones que, para colmo, no pasan desapercibidas, pues en su mayoría suenan bastante rimbobantes. De lo que recuerdo ahora que se repiten un montón estarían: divorciadas talluditas (llega un punto que ya es insufrible de tanto repetirlo), trabucar, execrable (y además, con un uso erróneo), pijos estresados (igual que en el caso de las talluditas, termina haciéndose pesadísimo), la taiga y la tundra, nazis prófugos o penitentes, ojos atolondrados… No sé si se trataría de un recurso estilístico y por eso no lo consideraron un error, pero es que hay un fragmento, cuando el protagonista habla con un doctor que trató a Lucía durante cierto tiempo, en el que se repite la misma expresión calcada (“en un tono calmoso y condescendiente”) dos veces en la misma página, separadas por tanto solo un par de párrafos… y esto es con diferencia lo que más de piedra me dejó. Es por ello que me inclino más por la falta de corrección, o tal vez por un deseo maquiavélico del escritor de volver loco al lector o dejarlo agotado.

Otro detalles bastante sorprendente bajo mi punto de vista es la flagrante falta de verosimilitud en la historia. Para empezar, el protagonista es tonto de remate, si no, no se entiende su exagerada ingenuidad: se cree el cuento chino de la electrosensibilidad que le endilga Lucía sin investigarlo ni mencionárselo a nadie (ya entenderéis de qué hablo si os leéis el libro), acepta no saber siquiera dónde trabaja (ambos llevan un año juntos), jamás le pide explicaciones sobre la extravagante forma en la que Lucía entra en su vida a la fuerza, por decirlo de forma suave; no se da cuenta de lo mal que habla la chica en castellano ni la interroga al respecto… Una cosa es que el protagonista sea un poco inocente y no quiera agobiar a su pareja, por ser esta de lo más escurridiza y reservada, pero los extremos a los que llega para autoconvencerse de que todo es “normal” y las peregrinas excusas que inventa para justificar toda una serie de detalles incongruentes sobre ella… qué queréis que os diga. Yo no me lo trago. Como ya he dicho, una cosa es ser crédulo y la otra, carecer prácticamente de una sola neurona útil. Y no olvidemos que estamos hablando de un escritor que en cierto momento tuvo mucho éxito, con lo cual se da por sentado que el hombre posee cierta capacidad intelectual.

También resulta ridículo el momento del aeropuerto, en el que se describe cómo Lucía consigue franquear la puerta de embarque y acceder al avión sin quitarse el gorro que le tapa el pelo por completo y las gafas de sol enormes que le cubren medio rostro. Según se describe, esto es posible porque “ya ha pasado el control de seguridad”. Pues una de dos: o el autor piensa que los lectores nunca hemos cogido un avión y no sabemos lo llanamente imposible que es esto, o directamente nos trata de tontos, lo cual me resulta insultante. Es evidente que al traspasar las puertas de embarque, los azafatos en cuestión vuelven a pedirte el documento de identidad o pasaporte y mirarte atentamente para ver que eres la persona de la foto. Y desde luego, no te dejan pasar sin distinguir tus ojos y tu aspecto general con claridad. Una cosa es tomarse licencias literarias (por ejemplo, que el protagonista sea imbécil hasta niveles insospechados) y la otra es esta. Quizá os suene insistente por mi parte, pero de verdad que me enfada que un autor insulte así a la inteligencia de sus lectores. O tal vez es que De Prada nos confundió con el héroe de su novela, y piensa que somos tan bonachones y cándidos como él.

Pasando a comentar otros aspectos, la novela está estructurada en dos tiempos: antes de la desaparición de Lucía —desde el momento en que ella y Alejandro entran en contacto por primera vez— y después de esta, lo que podríamos considerar el presente. Así, seremos testigos a un tiempo de su historia de amor cuando esta aún existía, y del sufrimiento del protagonista tras la pérdida de Lucía. En las partes del pasado, el hombre nos irá desvelando no solo cómo se conocieron, sino también vivencias que compartieron y algunos sucesos aislados que resultan significativos por su relación con la investigación en curso. En general, como los capítulos van alternándose no se vuelve confuso, aunque debo hacer hincapié una vez más en lo absurdo del comportamiento del protagonista, impasible ante las evidentes rarezas de su pareja la mayor parte del tiempo, y es que a lo largo de estos flashbacks veremos ejemplos de ello a patadas.

Los personajes de la novela me parecieron de cartón piedra, exceptuando quizá a Lucía, cuya personalidad es tan disparatada que tampoco supone una gran mejora respecto al resto del “elenco”. Tanto Alejandro como su editor y su ex pareja, el inspector de policía, así como la enigmática pareja de rusos —Víctor por un lado, y Valentina, la ex compañera de trabajo de Lucía, por el otro— se me antojaron tremendamente arquetípicos, cercanos a la caricatura bajo mi punto de vista. Veamos por qué.

En Alejandro hallamos al ingenuo de turno, tan enamorado de su novia que no se entera de nada y se deja engatusar fácilmente; en su ex pareja, Rosario Tena, tenemos a la amante pérfida y despechada, madura pero aún sensual y atractiva, cuyo comportamiento contradictorio le quita cualquier tipo de credibilidad. En cuanto a Avendaño, el inspector de policía, podría decirse que encarna al utópico “poli bueno”, que hace a un tiempo de psicólogo y amigo, poniendo incluso en riesgo su puesto de trabajo por un tipo al que no conoce de nada.

Después, están los dos rusos: Víctor, el clásico matón fornido y de aspecto amenazador que pasaría por guardaespaldas o portero de discoteca, y la antigua compañera de trabajo de Lucía: la eslava seductora, incitante y casi hechicera, con cuerpo y aspecto de modelo, porque, por supuesto y nótese la ironía, parece que no haya rusas que no parezcan Anna Kurnikova…

En resumen, no me parecieron personajes con mundo interior, sentimientos ni recuerdos, sino meras marionetas, una especie de atrezzo cuyo único objectivo es rellenar los rincones de la novela, recreando situaciones de supuesto interés y misterio. Y recalco esto último porque, vistos en retrospectiva ahora que ya me he terminado la novela, me doy cuenta que su forma de actuar no tenía sentido ni objetivo alguno en la mayor parte de sus apariciones. Solo Lucía es un personaje algo más rico a nivel interno, pero incluso en ella todo resulta de lo más exagerado e irracional. De la desaparecida, sin embargo, mejor no os hablo, pues es el tema central y mayor enigma de la obra, pero solo os diré que me cae aún peor que Alejandro (él, más bien, me da pena).

Por señalar algo positivo, el autor maneja el lenguaje con soltura y posee un conocimiento del vocabulario poco habitual, al margen de ser capaz de recomponer metáforas únicas e inteligentes. En este aspecto me quito el sombrero, pues sé lo difícil que es escribir, y me sabe mal hacer una reseña negativa. También lamento que a mí, por lo menos, su particular uso del léxico me resultase muy pedante, al margen de esa serie de repeticiones y errores estilísticos de los que os hablé antes.

No voy a alargar más esta reseña, pues como os deía, es difícil hablar del libro sin chafároslo por completo. Solo decir que, al margen del amor y los sentimientos, se tratan temas como el espionaje, el islam, el terrorismo y la literatura. Si sois capaces de abstraeros del lenguaje aparatoso y engolado del autor, seguramente pasaréis un rato entretenido. Eso sí, es probable que os suceda como a mí y os descorazonéis a medida que la trama vaya volviéndose más y más grotesca.

Le doy a la novela un 6 sobre 10, y la recomiendo solo si os interesa pasar unos días entretenidos con un popurrí fabuloso de amor, mentiras, tragedia y espionaje. Eso sí, no esperéis gran cosa de la obra, y que no os sorprenda la cantidad de detalles absurdos que no encajan al final.

 

¿Alguno de vosotros ha leído Lucía en la noche o quizá alguna otra de las obras del autor? ¿Os parece que abusa de la credibilidad del lector? ¿Qué pensáis de su particular forma de escribir?

¡Espero vuestros comentarios! Y como siempre, me haréis muy feliz si hacéis click en la estrellita para demostrarme que os ha gustado esta reseña 🙂