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Encontré este libro rondando por el Fnac hace poco, y admito que esperaba mucho más y a la vez mucho menos de él. En sí, toda la lectura se me ha antojado una suerte de contradicción.

¿Queréis saber más…? Pues seguid bajando, aunque antes de nada, os dejo con la portada y el argumento:


«Todos los seres humanos tenemos al menos una oportunidad de realizar un gran cambio vital, nuestra crisálida, y renacer convertidos en algo más auténtico, más fuerte y más libre.»

Patricia es una periodista a la que una grave crisis de ansiedad le obliga a replantearse su vertiginosa vida profesional, que ha afectado a la relación con su familia, amigos y pareja. En ese momento conoce en un avión a Greta, una misteriosa mujer con un pasado oculto. Gracias al apasionante relato de Greta, que tuvo que rebelarse contra una sociedad que la rechazaba, Patricia descubrirá que en este mundo inseguro lo único que puede salvarte es creer en ti misma.

Con una historia apasionante y esperanzadora que combina emoción, intriga y actualidad, El sueño de la crisálida es la crónica de la mujer de hoy en día, de los retos a los que se enfrenta como profesional, hija, madre, amante y amiga. Un retrato veraz y necesario sobre la sociedad del siglo XXI, que, debido a la prisa, el consumismo, las adicciones digitales y la autoexigencia, nos ha convertido en esclavos de lo urgente para hacernos olvidar lo importante.

Porque todos somos crisálidas con posibilidad de convertirnos en mariposas y alcanzar nuestros sueños.


Esta novela me produce sentimientos encontrados. Hay partes que me han fascinado, y otras que me han producido repelús. Como os decía antes, por un lado me esperaba “más” (que me interesara más, que hubiera más acción, que me apeteciera más seguir leyendo) pero a la vez, creo que no me imaginaba “tanto” (tantas páginas, tanto sopor en muchos momentos, tanta lentitud, pero a la vez, tanto sentimiento, tanta profundidad, tanto dolor…). En todo caso, empezaré por las partes positivas para no parecer un ogro, porque sé que soy un poco bestia o digamos hater en la mayoría de mis reseñas, sobre todo cuando los libros me han decepcionado.

Sin embargo, antes de nada, os contaré de qué va la novela para que, si os decidís a leerla, lo hagáis con conocimiento de causa. Y es que yo no tenía ni idea de con qué iba a encontrarme, y de haberlo sabido, es bastante probable que hubiera pasado de largo en la librería. Más arriba, en la sinopsis, se nos dice que Patricia conoce a una misteriosa mujer en el avión y esta se decide a contarle su historia… Pero la realidad no es exactamente así. Para empezar, Patricia ya no es periodista al inicio de la novela; en segundo lugar, la mujer del avión, Greta, no le cuenta su historia ahí mismo como yo imaginaba, sino a lo largo de todo un año en el cual iremos obteniendo fragmentos de información de forma algo confusa y desordenada. Pero lo más gordo de todo es que Greta no es una mujer cualquiera… es una monja, o mejor dicho “era”, porque acaban de expulsarla de su congregación. Y os garantizo que si hubiera sabido que la novela trataba en su mayoría sobre una monja, no me habría interesado para nada leerla.

En todo caso, en la trama se conjugan las vidas de estas dos mujeres: por un lado, una periodista que abandonó su vocación por una serie de motivos que mejor os dejo descubrir a vosotros, y que en la actualidad se dedica a dejar pasar los días, volcando todo su tiempo y energía en su nuevo empleo como publicista; por el otro, una ex monja que tras dedicar su vida entera a la Iglesia, se ve despojada de todo de la noche a la mañana: le han robado su fe, su felicidad, su confianza en sí misma, su esencia. Ambas están perdidas y necesitan una luz que las guíe, un faro que las reconduzca a tierra firme, pues llevan demasiado tiempo flotando a la deriva, sin nada en lo que creer o a lo que aferrarse. Y cuando el destino quiera que se conozcan, el mundo de ambas se sacudirá hasta los cimientos y se iniciará una transformación total de su interior, como si acabaran de ser arrolladas por la ola del tsunami que casi acaba con la vida de Greta nada más nacer.

¿Qué tiene de positivo este libro? Para empezar, arroja verdades como dardos sobre la sociedad actual, sobre cómo nos hemos deshumanizado, arrastrados por la corriente de lo inmediato, de lo fácil, de lo aséptico. Siempre con prisas, siempre angustiados, viviendo a contrarreloj, en una sociedad que la protagonista califica “del malestar”… y no anda muy equivocada. Una sociedad donde se ha desvirtuado el contacto directo, la paciencia y la generosidad, para dar paso a toda una generación de personas como robots, que viven enganchadas a las pantallas de sus teléfonos móviles o de su ordenador. Como contrapunto a esta generación de zombis vivientes, en la novela encontraremos personajes entrañables, como la maestra budista a cuyas clases de meditación comenzará a asistir Patricia, o su gran amigo Leandro, un científico experto en mariposas y perseguidor de las causas perdidas.

¿Cuál es la parte negativa de que la obra nos enfrente a tantas verdades? Que yo, por lo menos, me pasé el primer cuarto del libro bastante estresada y en cierto modo con ansiedad, pues me reconocía en muchas de las descripciones de la vida de Patricia y de sus pensamientos. Y respecto a los personajes, hay unos pocos que son adorables, sí, pero por desgracia la gran mayoría se me antojaron bastante repelentes, empezando —cómo no— por su protagonista, o sin ir más lejos Greta, que se me antojó con diferencia el personaje menos creíble de la novela. Y no porque confiese la cantidad de amantes que tuvo siendo monja o las veces que se emborrachó o desobodeció órdenes —me creo cualquier cosa de la Iglesia—, sino que lo cuente tan frescamente, como si fuera algo del todo normal e incluso lógico que una persona que supuestamente ha dedicado su vida a Cristo y ha hecho unos votos de castidad y de obediencia sea tan ligerita de cascos y tarambana.

Más detalles positivos de la novela: nos da esperanza. Nos hace creer que podemos vengarnos de “los malos”, de aquellos que nos han torturado y humillado, aquellos que han buscado hundirnos. Nos da esperanza también respecto a nosotros mismos, nuestro cuerpo y nuestra mente: a través de los personajes que asisten a las sesiones de meditación, creermos que podemos perder peso, superar nuestros miedos y crecer como personas, y si miramos más cerca, centrándonos en nuestras dos protagonistas, soñaremos con que en solo un año seremos capaces de tranformar nuestras vidas por completo, de abandonar (sea queriendo como Patricia, o a la fuerza como Greta) aquella profesión que nos hacía daño y nos impedía crecer. La novela nos hace creer que podemos quitarnos las cadenas que nos impiden volar libres, que tenemos recursos suficientes para reinventarnos, para dejar de tener miedo y tomar la vida por los cuernos. Atrevernos a ser aquello que deberíamos ser, a sentir de verdad, a dejarnos de excusas para no vivir. A ser buenos y justos con los demás, sí, pero sobre todo con nosotros mismos. El eterno “si no te quieres a ti, no podrás querer a nadie”.

¿El contrapunto negativo, de nuevo? Que la novela es cursi, no… lo siguiente. Que se pasa tres pueblos con las frases azucaradas y melosas sobre lo maravilloso que es todo cuando cambiamos el chip. Y lo de que la protagonista pase de ser una borde estresada que ignora a todo el mundo y va a su bola, a una buena samaritana que va repartiendo monedas a cada mendigo que se encuentra y ayuda a los viejecitos por la calle… que queréis que os diga. No me lo trago. Como que no me trago que todos los personajes evolucionen tanto y cumplan todos sus sueños, o casi todos. Que las cosas mejoren tanto para absolutamente todo el mundo. Ni es creíble ni soportable para quien lleva todo el libro aguantando los monólogos interminables de la protagonista sobre el horror de nuestra sociedad y el estrés de su asquerosa vida. Lo cierto es que había momentos en que no aguantaba más ni lo uno ni lo otro: me estresaba y deprimía la negatividad extrema y constante de Patricia —pese a compartir la mayor parte de opiniones sobre la sociedad actual con ella, o quizá precisamente por eso— y a la vez, me agobiaba su extrema calma, bondad y comprensión finales, sus deseos de cambiar el mundo como si de verdad estuviera en sus manos.

Creo que podría haber resistido todas estas partes tan redichas que os comento, de no haber sido por el detalle que ha hecho inclinarse la balanza más de forma negativa que positiva en mi valoración final de la obra… Estoy hablando de las partes narradas por Greta. No sé a vosotros, pero es que a mí la vida de una monja me interesa tan poco… No os emocionéis con lo que os he dicho antes de que tuvo amantes o le dio por hacer travesuras en general: incluso estos recursos —que la autora podría haber aprovechado para insuflar un poco de emoción a la obra— han sido desaprovechados por completo. A mí, por lo menos, se me abría sola la boca para bostezar al llegar al inicio de cada fragmento de la vida de esta mujer. Un aburrimiento digno de un récord Guinness. Y el hecho de que el libro tenga más de 500 páginas no ayuda, aún menos que la historia de la monja esté tan dispersa y fragmentada. Eso por no mencionar los extraños recursos estilísticos que ha escogido la autora, en los cuales en ocasiones, por la forma de relatar y el vaivén demencial de personas verbales, no se sabe si estamos con Greta en el pasado o en el presente con Patricia.

No sé qué más decir, al margen de que quizá debería habérmelo visto venir al leer una de las citas que presentan a la novela, que dice “Lo mas increible de los milagros es que suceden” al más puro estilo Paulo Coelho (si os gustó El alquimista, os garantizo que jamás podríamos ser amigos, y eso que en cambio, Veronika decide morir no me desagradó). Digamos que El sueño de la crisálida, bajo mi punto de vista, es prácticamente un manual de autoayuda de más de 500 páginas camuflado de novela. Y ojo, no estoy diciendo que sea malo, o que la autora no haya invertido sudor y lágrimas para escribirlo pero… definitivamente, no es para mí, y no creo que me lea nada más de Vanessa Montfort.

Aun así, y para despedirme con una nota positiva —porque esta novela también tiene mucho de bueno, pese a que a mí no me haya convencido— os dejo con dos fragmentos que me marcaron y que señalé para compartirlos con vosotros:

Tras esas altas y elitistas tapias del colegio degusté un aperitivo de la corrupción en su estado infantil y más puro, porque también se fumaba droga y se follaba a destiempo en los lavabos y se maltrataba sin más a quien se salía de la norma, mientras los profesores tomaban el té a delicados sorbitos y los padres se reunían con importantes empresarios sin temer por sus retoños, cuya educación estaba asegurada por aquel privilegiado campo de exterminio de la identidad en el que nos tenían guardaditos todo el día. Un colegio en el que, siendo laico, se hacía una misa por la muerte del padre de un alumno porque «era de una familia importante». Qué gran clase nos dieron de «clasismo»… En el convento, según Greta, también había «clases». En ambos casos, los responsables de la seguridad de sus miembros habían mirado en dirección opuesta a la violencia que se daba dentro de sus muros, y nos habrían dejado morir por considerarlo un tema demasiado «embarazoso». Eso era lo más grave.

Y el segundo:

Me doy cuenta de que todos los clientes están mirando la pantalla de un móvil; todos escriben en sus tablets o en sus notas de iPhone. Imagino cómo me ven desde fuera, con el bolígrafo entre mis dedos y la libreta abierta: una disidente, un reducto de otra Revolución Industrial, una especie de amish que estuviera utilizando un ábaco en lugar de una calculadora.

Pero ellos no están aquí. Contemplan el mundo en diferido.

Lo que ocurre en directo ya no importa. Lo que importa es poseerlo, grabarlo y guardarlo. Un Diógenes de información que es imposible asimilar por unos cerebros que se resetean constantemente porque no necesitan retener nada. Grabar la vida en lugar de experimentarla. Me siento tan sola en este café como si estuviera rodeada de fantasmas. O, quién sabe, quizá soy yo el fantasma.

Le doy a esta novela un 7 sobre 10. Le habría dado un 6 porque no me ha gustado, pero tal vez no se lo merezca, porque aunque peque de larga y aburrida intenta hacer el bien con esa denuncia social tan intensa y con ese optimismo desbordante (aunque cursi). Así que no os la recomiendo, si os parecéis a mí os aburrirá… pero si pese a todo la leéis, seguro que, os guste o no, os marcará o afectará de algún modo. Y eso merece una nota un poco mejor que un 6, bajo mi punto de vista.

 

¿Alguno de vosotros ha leído esta novela o alguna otra de Vanessa Montfort? ¿Os ha provocado sentimientos tan contradictorios como los míos o, por el contrario, tenéis muy claro si os encanta u os repele?

No dudéis en dejarme la respuesta a estas preguntas en un comentario, o cualquier otra cosa que deseéis compartir conmigo y con el resto de lectores del blog. Y ya sabéis que dándole al Like me hacéis un gran favor. ¡Gracias!