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A principios de año, leí Ojos de agua de este autor, pero por algún motivo, no me decidí a dedicarle una entrada, pese a que me gustó bastante. Puede que porque se me acumulaban otras reseñas que escribir o porque es una novela más bien corta y no me caló demasiado hondo.

Sin embargo, tras terminar su último libro, El último barco, sería un sacrilegio no contaros nada al respecto, pues se trata de una obra de calidad sorprendente.

¿Qué os parece si vamos abriendo boca con la portada y el argumento? 🙂


La hija del doctor Andrade vive en una casa pintada de azul, en un lugar donde las playas de olas mansas contrastan con el bullicio de la otra orilla. Allí las mariscadoras rastrillan la arena, los marineros lanzan sus aparejos al agua y quienes van a trabajar a la ciudad esperan en el muelle la llegada del barco que cruza cada media hora la ría de Vigo.

Una mañana de otoño, mientras la costa gallega se recupera de los estragos de un temporal, el inspector Caldas recibe la visita de un hombre alarmado por la ausencia de su hija, que no se presentó a una comida familiar el fin de semana ni acudió el lunes a impartir su clase de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios. Y aunque nada parezca haber alterado la casa ni la vida de Mónica Andrade, Leo Caldas pronto comprobará que, en la vida como en el mar, la más apacible de las superficies puede ocultar un fondo oscuro de devastadoras corrientes. 


Esta novela policíaca me pareció increíble, y ya sabéis que no me dejo sorprender fácilmente. De hecho, fue tal mi fascinación con ella que investigué sobre Domingo Villar y su bibliografía (pese a que ya lo conocía un poco), y tengo pendiente leer La playa de los ahogados, novela de la cual, por cierto, se realizó una película. Como os comentaba en el preludio, había leído ya Ojos de agua del autor (en la cual también aparece el inspector Caldas) pero por algún motivo no me impactó tanto. ¿Qué tiene de diferente El último barco, entonces? Vamos a verlo.

El argumento a simple vista no resulta demasiado original: mujer joven desaparecida, investigación policial, familia y amigos desesperados… pero la diferencia radica en los sorprendentes giros de la trama, que me recordó a una suerte de espiral, pues no para de dar vueltas y enredarse por todas partes. Hay muchos posibles culpables, lo cual ya de entrada siempre se agradece en una novela de estas características pues evita que se vuelva demasiado predecible. Pero lo mejor es que no todos se presentan al mismo tiempo, sino que, a medida que van descubriéndose detalles sobre las horas previas a la desaparición de la protagonista, la investigación irá tomando derroteros distintos, y las teorías más variopintas irán configurándose en la astuta mente del inspector Caldas.

Uno de los aspectos que más me gustaron de estos giros en la trama fue cómo, al principio, el detective dio por sentados varios datos, basándose en lo que a primera vista le pareció lógico tras registrar la casa de la protagonista, hablar con los vecinos, etc. Sin embargo,según avanza en sus pesquisas, se percata de que está mirando las cosas desde una perspectiva muy limitada, un poco como cuando pasa eso de que los árboles no te dejan ver el bosque. A partir de este punto, se dará cuenta de que es necesario dejar de realizar asunciones subjetivas, centrarse en los hechos tangibles y no creerse al cien por cien todo lo que le cuenten los familiares, amigos y vecinos, pues quién sabe qué motivos ocultos podrían tener para decir o no la verdad.

El ir viendo cómo se abrían o cerraban vías de investigación, la extrema complejidad del caso, la psicología de los personajes… todos ellos representan elementos muy valiosos de esta novela que, si bien es muy extensa (más de 700 páginas), me atraparon hasta devorarla en apenas cuatro días, tal fue el ávido frenesí con el que me lancé sobre ella.

Ya que menciono la psicología de los personajes, me resultaron todos un poco raros, y no sé si será porque son gallegos, como piensa el compañero de Caldas, Estévez, que es de Zaragoza y, al residir en Vigo, no comprende la personalidad de los lugareños, cuya incapacidad para dar respuestas claras le hace perder siempre los estribos. Podría pensarse por mi primera frase que él me cayó bien o me pareció más “normal”, pero no fue así en absoluto. De hecho, ya le recordaba de Ojos de agua, pues también aparece, y no me gustó para nada su manera de maltratar a la gente en todos los sentidos, su facilidad para el insulto y sus tendencias en extremo violentas que le hacen abusar de su poder constantemente, por más que Leo Caldas le describa como “un trozo de pan, en el fondo”.

En cuanto a este último, no me cae mal pero me parece un personaje al que le falta un poco más de interior, un poco más de biografía, de relleno. Si bien tiene características interesantes y me gusta como persona, creo que el autor debería haberlo descrito mejor. Aun así, el personaje no cae en arquetipos ni se hace odioso como los de otras novelas policíacas que he leído (véase la inspectora de La novia gitana) y lejos de ser el tipo de héroe que menciono por ejemplo en esta reseña o en esta otra resulta sin duda un policía competente, con un sexto sentido especial, que vive y respira el caso, y que no parará hasta resolverlo. No peca de la alergia a las normas que he visto en otros policías típicos, si bien no soporta que su jefe le manipule y le fuerce a participar en un programa de radio, Patrulla en las ondas, en el que debe responder a las peticiones de múltiples ciudadanos en directo, y que se me antoja bastante hilarante. En todo caso, me gusta Caldas, es simpático y tiene un punto gracioso, aunque sea un poco raro.

El resto de personajes me parecieron asimismo interesantes y psicológicamente complejos, desde el padre de la protagonista un cirujano muy severo y de fuerte personalidad, pasando por los carismáticos profesores de la escuela de Artes y Oficios en las que trabajaba Mónica Andrade, sin olvidarnos de todos los conocidos y amigos de la chica, entre los que cabría destacar un fotógrafo y admirador de los pájaros, un viejo pescador con un misterioso pasado, un chico autista con graves problemas psicológicos pero un don increíble para el dibujo… Todo esto sin olvidarnos de la propia Mónica, y es que, si bien es la gran ausente de la novela, su personaje deja una fuerte impronta en el lector, contagiándonos un poco de la desesperación de su familia y amigos, o de la del propio Caldas, que no parará hasta desentrañar los numerosos interrogantes que, como una insidiosa telaraña, se enredan en torno a la desaparición de la joven profesora.

Ya que he mencionado la escuela de Artes y Oficios, otro detalle característico de la novela es que los lugares y el clima son un personaje más. Son muy ricas las descripciones de la playa, con el murmullo del mar, los pescadores y el olor a salitre; de los estibadores y los barcos, incluyendo los mareos de Caldas a bordo de ellos; de la lluvia y la constante bruma; de la iglesia y del cementerio, de las casitas rurales con sus jardines y sus huertos; de los bares y restaurantes del pueblo… en suma, de todos aquellos sitios que formaban parte del día a día de la protagonista. Aunque admito que en ocasiones tanta cháchara sobre navíos, pescadores y travesías me cansaba y solo deseaba seguir adelante en la historia, ahora que lo he terminado no puedo sino regresar la vista atrás y encontrarme extrañando esas ricas descripciones de la flora y fauna de este pequeño pueblo gallego, y es que incluso los pájaros y cierto gato escurridizo nos serán asimismo descritos en gran detalle.

No voy a pegaros más el rollo, pues bastantes páginas tiene ya la novela. Lo último que me queda por decir es que el desenlace de la obra es fiel a la calidad del resto y, a pesar de que en cierto modo se me antojó como un pegote añadido después de descartar la mayoría de soluciones lógicas, cumple con su función de sorprender al lector y no ser predecible. Me decepcionó un poco en el sentido de que hubiera deseado que la respuesta a los interrogantes fuera otra, y también me fastidió que, tras salvarse tantas páginas de caer en arquetipos, el autor cometiera un desliz casi al final: el clásico caso de cuando, en el último momento, el personaje principal se pone en peligro, no solo a sí mismo, si no también a alguien de su familia.

Le doy un 9 sobre 10 y os recomiendo El último barco si os gustan los casos policiales complicados con muchos posibles culpables y contradicciones, si os atraen las novelas ambientadas en lugares costeros y lluviosos o, simplemente, si queréis disfrutar de una novela policiaca de gran calidad, donde nada es lo que parece a simple vista.

 

¿Qué os pareció a vosotros El último barco? ¿Sois más de Caldas o de Estévez? En caso de haber leído otra(s) novela(s) del autor, ¿cuál es vuestra preferida?

Como siempre os digo, me encantará leer vuestros comentarios, y por favor, dadle al Me gusta si os ha resultado útil esta reseña.

 

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