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Voy a empezar esta entrada de forma un poco brutal: este es el segundo y definitivamente el último libro de Sebastian Fitzek que me leo. Por tanto, podría decirse que esta reseña va a ser más una advertencia que otra cosa.

¿Que por qué estoy tan enfadada…? Dejadme que os muestre primero la portada y, sobre todo, la sinopsis, la herramienta de la cual sin duda se sirve el autor y los publicistas para atrapar a pobres inocentes como una servidora.

¡Luces, cámara, acción!


Josy, la hija de doce años del conocido psiquiatra Viktor Larenz, desaparece en misteriosas circunstancias de la consulta del médico que la trata de una inexplicable dolencia.

Cuatro años después, Viktor, sumido en una profunda tristeza, se ha retirado a una remota casa en una isla del Mar del Norte. Allí lo localiza una hermosa desconocida que padece alucinaciones: ve constantemente a una niña pequeña, una niña que sufre una extraña enfermedad y que desaparece sin dejar rastro de la consulta del médico. Viktor inicia entonces un tratamiento con la desconocida, pero la terapia se convierte paulatinamente en un dramático interrogatorio…

 ¿Es posible lo inconcebible?

¿Describen los delirios de Anna los últimos días de Josy?


Esta novela no tiene ni pies ni cabeza. E incluso me duele tener que llamarla “novela”… Es más bien como esos telefilmes de sobremesa que van saliendo como churros, y precisamente recuerdo que muchos de ellos eran alemanes, como el autor de Terapia. Ya que menciono este dato, deciros que las traducciones de sus libros no suelen ser demasiado acertadas, otro detalle que no hace sino empeorar aun más la experiencia de leerlos. O puede que no tenga nada que ver con la labor del traductor, y que ya en alemán los diálogos del escritor suenen igual de poco naturales, surcados de frases pomposas y ridículas. Quién sabe; en todo caso, no me sorprendería demasiado.

Es un poco difícil elaborar una reseña de esta obra, porque aunque uno se va dando cuenta a medida que la lee de que se trata de un auténtico disparate, no es hasta llegar al final cuando el autor nos pega el tiro de gracia y nos deja definitivamente muertos. Del horror, quiero decir. Y no os puedo decir por qué sin arruinaros la historia por completo.

En mi caso, al llegar al desenlace me debatía entre la rabia por haber perdido mi tiempo y el alivio por haber terminado semejante bodrio. Intentaré explicaros el por qué de mi reacción sin destriparos la novela, aunque si os fiáis de mi criterio, por favor, seguid mi consejo y NO OS LA LEÁIS, ni esta ni preferiblemente ninguna otra del Fitzek, aunque me cuesta imaginar que en su bibliografía pueda haber otra aún peor. A fin de cuentas, yo me leí El envío y, si bien es otra auténtica tontería (echad un vistazo a los comentarios de los lectores), por lo menos no me pareció tan terrible como Terapia.

Se supone que Fitzek es uno de los escritores más reputados de su país, que ha logrado vender más de 12 millones de ejemplares en todo el mundo… y yo sigo sin entenderlo. No sé si sus contactos como periodista le habrán servido de trampolín, si dispone de una agencia literaria con una labor de marketing excelente o si, simplemente, soy yo la que no lo pillo, pero os garantizo que su obra no es digna de tales logros. Sé por experiencia, como he dicho en otras ocasiones, que escribir no es fácil, que hay mucho trabajo detrás… pero bajo mi punto de vista, publicar cada poco tiempo noveluchas de 200 páginas, tal vez para cumplir con las condiciones de su contrato, no es sinónimo de calidad, en absoluto. Más bien responde a los requerimientos de un mercado centrado únicamente en la inmediatez y el impacto, con unos lectores que sorben con avidez lo primero que les tiran a la cara con tal de que la novela en cuestión haya sido catalogada de best-seller y venga con frases bien grandes y rimbobantes en la portada, del estilo “fenómeno superventas” y similar. Pero la realidad es que son historias que solo buscan generar un shock en el lector, desconcertándolo con tramas enrevesadas, así como finales imprevisibles pero escasamente verosímiles, y que pecan de una falta absoluta de trabajo en el desarrollo de la trama.

¿Por qué me parece tan mala Terapia? Para empezar, como comentaba hace un momento, hay demasiados giros en la historia. La trama no es muy fácil de seguir, dado que resulta caótica desde el primer momento, y enseguida vamos viendo contradicciones en los personajes, que en la mayoría de ocasiones muestran comportamientos absurdos y poco creíbles. Y lo peor no es solo eso, sino el hecho de que su protagonista sea un supuesto psiquiatra, un hombre distinguido e inteligente… y este no se dé cuenta de lo ridícula que es su situación.

Os resumo de qué va la cosa para que podáis seguir mis razonamientos: el protagonista es Viktor Larenz, un famoso psiquiatra forense que se retiró hace años tras la desaparición de su única hija, Josie, en circunstancias poco claras. Y lo de “poco claras” es literal: sucede en las primeras líneas de la novela y yo no me enteré de gran cosa. De hecho, si hubiera sido lista habría dejado el libro en ese punto, puesto que la cosa no tenía ningún sentido. Y como no quiero ser injusta, os voy a poner un mini fragmento para que vosotros mismos me digáis si os parece lógica o siquiera comprensible la secuencia:

Pasada media hora, supo que jamás volvería a ver a su hija. Ella abrió la puerta, se volvió a mirarlo y después entró en la habitación del anciano. Pero estaba seguro de que Josephine, su hijita de doce años, jamás volvería a salir. Nunca más volvería a dedicarle esa sonrisa deslumbrante cuando la llevara a la cama. Nunca más volvería a apagar su lamparita de vivos colores en cuanto ella se hubiera dormido. Y sus gritos espantosos en plena noche jamás volverían a despertarlo.

La certeza lo golpeó con la violencia repentina de un choque frontal.

Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo se negó a abandonar la inestable silla de plástico. No le habría sorprendido que se le doblaran las rodillas y cayese al suelo cuan largo era en el desgastado parquet de la sala de espera, justo entre la robusta ama de casa con soriasis y la mesita en la que reposaban números atrasados de algunas revistas. Pero la gracia de desmayarse no le fue concedida y permaneció consciente.

La escena que acabo de copiaros es la vivencia del susodicho Larenz cuando se halla en la consulta de un alergólogo con Josie, su hija de doce años. El porqué su padre sufre semejante certeza paranoica de que jamás volverá a ver a su hija no tiene ningún sentido en este punto de la historia, y a mí ya me pareció un mal augurio que el libro comenzara de forma tan absurdamente dramática. Quiero decir, ¿os suele pasar lo de acompañar a alguien al médico y que, al entrar este/a en la consulta, os dé la sensación de que nunca más volveréis a ver a esa persona? Lo mejor del caso no es esto, sino que a medida que avanzamos en la lectura, nos enteramos de que en realidad, el padre jamás llegó a ver entrar a la niña, sino que se fue a buscar agua o algo similar, y al volver ella no estaba en la sala de espera. Sin embargo, dedujo que le había tocado su turno puesto que oyó cómo una voz masculina pronunciaba su nombre y él asumió automáticamente que se trataba del médico.

Las contradicciones y faltas de coherencia en los hechos narrados serán una constante en la novela que terminará volviéndose muy pesada, eso por no hablar del enfado y confusión que irán generando en el lector. Una de ellas sería, por ejemplo, que cuatro años después de la “misteriosa” desaparición de Josie, el doctor Larenz se desplace hasta una isla del mar del Norte para responder a una entrevista sobre el duelo, sin que jamás se nos explique por qué ha de irse él solo (sin su esposa) hasta un lugar remoto para tal efecto, si al final está trabajando en las preguntas de la entrevista desde su propio ordenador en la casa que tiene allí.

Pero esperad, que las tonterías no acaban aquí: nada más llegar a la isla, una desconocida absoluta se cuela en casa del buen señor y le endosa la historia de que es una paciente esquizofrénica que se ha desplazado hasta ese perdido pedazo de tierra en el mar del Norte para encontrarle, recomendada por otro médico conocido de Larenz. El psiquiatra intenta explicar a la mujer que él ya no ejerce como tal, pero ella insiste, y como nuestro protagonista no es muy inteligente, en lugar de llamar a la policía y librarse ipso facto de esta loca en sentido literalopta por dejarla hablar y así se entera de que la esquizofrenia de Anna, que así se llama la mujer, muestra una curiosa particularidad. Y es que, según le cuenta ella, antes de ser ingresada cuatro años en un manicomio, se dedicaba a escribir cuentos infantiles… tarea que dejó cuando sus personajes comenzaron a aparecérsele en la vida real. Y da la “casualidad” de que uno de sus cuentos refleja de forma metafórica lo sucedido con la hijita del doctor, solo que en el relato de la cuentista —nunca mejor dicho, porque la señora no incita precisamente a la confianza— la niña se llama Charlotte y… está vivita y coleando.

¿Qué haría una persona inteligente y cuerda al topar con semejante caso? Lo que ya he dicho hace un momento: llamar a la policía o, como mínimo, enfurecerse con la mujer y exigirle que se deje de juegos y nos diga quién es y lo que quiere de nosotros. Más aún cuando se ha colado en nuestra casa y muestra una muy oportuna ignorancia respecto a las noticias del mundo (que cubrieron muy ampliamente la desaparición de la niña). ¿Qué hace el doctor, en cambio? Pues lo que cabría esperar para seguir con esta historia ridícula y disparatada: ofrecerle terapia a Anna y no preocuparse en absoluto de que pueda ser una psicópata. Ni siquiera cuando todos aquellos que le rodean intenten prevenirle respecto a ella, dándole pruebas muy claras de por qué haría bien en sospechar.

Como es posible que alguno de vosotros aún desee leerse la novela a pesar de todo, no os desvelaré mucho más, pero creedme cuando os digo que las cosas se irán volviendo más y más esperpénticas con el pasar de las páginas. Como, por ejemplo, que al poco de conocer a Anna, el doctor vaya encontrándose progresivamente mal y no lo relacione en ningún momento con el té que se dedica a sorber a todas horas y cuya tetera/taza abandona en presencia de la mujer sin pensárselo dos veces, o que, siendo un supuesto psiquiatra, debería saber que lo que la mujer cuenta no es creíble, puesto que es imposible que su hija se haya transformado en un personaje de cuento que haya saltado de las páginas a la realidad. ¿No sería más lógico pensar que Anna está mintiendo y que está compinchada con quienes secuestraron o mataron a su hija, si acaso no fue ella misma? Y no me hace faltar tener una carrera en Medicina Psiquiátrica para llegar a tal conclusión… ni al resto de lectores tampoco.

Quienes lo hayan leído o se lo lean tras consultar mi reseña, tal vez me echen en cara que al final “todo se entiende”. Sí, entendido queda… pero ¿explicado de forma coherente? En absoluto. Y, de nuevo sin ánimos de chafaros demasiado la obra, solo diré que el desenlace abusa de uno de los recursos más facilones y manidos de la historia, que me hizo recordar los tiempos de Lost (Perdidos) o, como yo la llamaría, “cómo cargarse una serie increíble con un final de mierda”. En todo caso, en Terapia se utiliza un desenlace muy hábil que evita al autor tener que explicar nada de lo que ha escrito. Casi bochornoso. Qué facil. ¿no? Escribir un absoluto delirio para sorprender a cada segundo a los lectores y volverles locos, y luego explicarlo todo con un chasquido de dedos que borre automáticamente todo lo explicado. No añadiré más, pues es probable que ya haya dicho más de lo que debería.

Por si esto fuera poco, el libro parece una mezcolanza de otras novelas y películas, por ejemplo Heridas abiertas, que recientemente tuvo adaptación a serie en HBO, debido a cierto trastorno que sufre uno de los personajes. No mencionaré más películas o libros porque ya os he spoileado en exceso, pero os garantizo que debido a la similitud con múltiples otras obras, sean literarias o televisivas, la lectura se hace muy poco original y, llegados a cierto punto, incluso predecible.

No os calentaré más la cabeza, que bastante he atacado ya al pobre autor y su desafortunada novela. Solo os recomendaré una vez más que no perdáis vuestro tiempo leyéndola.

Como nota final, le doy a Terapia un 4 sobre 10. Le había dado un aprobado raspado por los escasos momentos de entretenimiento que me ofreció antes de llegar al punto en el que ya comenzaba a temerme el tipo de desenlace que me esperaba… pero es una nota demasiado alta para la opinión que tengo del libro, pese al mínimo respeto que mi conciencia me dicta a guardar por cualquiera que escriba.

No os recomiendo a Sebastien Fitzek en general, sobre todo si sois lectores habituales de thrillers y les exigís un mínimo de calidad, pero aun menos tratándose de esta obra: es tan absurda e incoherente que termina volviéndose predecible, al hacerse evidente para el lector que cualquier otro final sería imposible si se pretende explicar todo lo sucedido hasta el momento.

 

Si alguno de vosotros ha leído Terapia y quiere aportar su granito de arena, sea porque estáis de acuerdo o porque vuestra opinión al respecto es totalmente opuesta, estaré encantada de recibir vuestros comentarios. Y lo mismo si habéis leído otros libros de Sebastian Fitzek.

Por último, antes de que se me olvide: por favor, dadle al Me gusta si os ha gustado y/o parecido útil esta reseña 🙂